viernes, 29 de octubre de 2010

El comisario (segunda parte)

Puedes leer la primera parte aquí.

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Una vez identificadas ciertas actitudes comunes y poco recomendables en el ámbito curatorial, creo que es conveniente reflexionar, desde una perspectiva más constructiva, en torno a algunas cuestiones básicas.

Hasta hace apenas unas décadas resultaba relativamente sencillo gestionar el conocimiento a nivel personal y profesional. Existía un acceso controlado y mediatizado a la información a través de prensa, radio y televisión, la configuración por antonomasia de los mass media. En paralelo, la cultura, o más bien una idea muy concreta de ella, era custodiada por una suma de instituciones: la universidad, el museo, la academia, las industrias audiovisual y editorial (no olvidemos la importancia que mantiene el libro, en tanto que objeto, todavía hoy, como supuesto garante del conocimiento)... Más allá de ellas, el underground... Y eso era todo.

El auge de las (nuevas) tecnologías de la información, la reestructuración del sistema socioeconómico y las transformaciones culturales han dinamitado este contexto, socavando la verticalidad de los procesos comunicativos, progresivamente descentralizados, cuestionando toda forma de autoridad intelectual, estética o política; en paralelo, la omnipotencia del mercado es cada vez más obvia. Bauman define este cambio, de manera elocuente, como el tránsito de una forma sólida a una forma líquida de modernidad: desaparecen las referencias, estructuras y sistemas de valores estables, se agotan las certezas; la cultura, la historia y las formas de relación social dejan de ser unívocas y permanentes; la historia del arte abandona su concepción evolutiva vinculada a la idea ilustrada de progreso.

En este nuevo y dúctil escenario, la figura del comisario se antoja más imprescindible que nunca, pero no en su formulación convencional, como agente encargado de legitimar o enfatizar determinados discursos en el seno de una solemne y mayúscula Historia del Arte y las Ideas Estéticas, sino entregado a la tarea de generar y activar espacios públicos de diálogo, enfrentamiento y disensión.

La vieja noción de comisariado no puede ser desligada de una caduca concepción expositiva, de la muestra en tanto que evento capaz de fijar, asentar, inmortalizar, solidificar, en suma, determinados conceptos en el discurrir de un proceso evolutivo y lineal. La forma clásica de exposición -y de museo, por extensión- se define por su estatismo y unidireccionalidad, características estériles en un contexto en el que las funciones de sanción y conservación adquieren un rol secundario en favor del procesamiento y la interrelación de los contenidos, de la construcción colectiva de la cultura, de la esfera pública.

Ahora, la intervención / producción debe prevalecer sobre la reproducción. Asumir esto supone admitir una evidente crisis del modelo expositivo-museístico clásico, afanado en espacializar los nuevos flujos y procesos creativos, por definición abiertos, en permanente desarrollo y reacios a toda acotación; volcado en la defensa de una concepción aurática de la imagen que parece ignorar su nuevo estatuto digital.

De una tradición que se funda en las nociones de Autor y Obra a una realidad que exige participación y proceso (un proceso efectivo y abierto, no el arte procesual que la institución se encargó de domesticar y canonizar). No parece haber otra vía, considerando que depender del objeto y la firma es condenar la creación al mercado.

La alternativa radica en la interpretación crítica, en la exploración de los intersticios del sistema. La tarea del comisario no debe ser afirmativa, sino interrogativa; no debe reducirse a la "escena artística", sino que debe comprender la producción simbólica en un sentido amplio -atendiendo, especialmente, a las condiciones en que ésta se produce y a los intereses a los que obecede-. En un contexto de sobreabundancia de información y contenidos creativos,  la tarea más necesaria es el análisis y la elaboración de una suerte de cartografía cognitiva -parafraseando a Jameson- que nos dote de herramientas para asimilar e intervenir las diferentes propuestas y nos incite a producir las nuestras.

Desbrozar, contextualizar, cuestionar, promover. El arte no es el único ámbito en que se hace necesario un cambio de paradigma.

miércoles, 27 de octubre de 2010

El comisario (primera parte)

Existe una figura fundamental para comprender cómo funciona el (mercado del) arte contemporáneo: el comisario, tercera persona de la Santísima Trinidad de la industria cultural, que completan el crítico y el director.

A grandes rasgos, el comisario de una exposición (también llamado curator o curador) es el máximo responsable de la misma: selecciona los artistas, las obras y el montaje; asume la organización conceptual y estética; escribe los textos divulgativos; supervisa la maquetación del catálogo... Siempre en función de las posibilidades de la entidad que acoge la muestra, claro.

Desde la aparición de Harald Szeemann, en los años 60 del siglo pasado, la importancia y repercusión mediática del comisario no ha dejado de crecer. Prueba de ello es que, en nuestros días, personajes como Hans Ulrich Obrist gozan de más popularidad que la mayoría de autores en la escena artística.

Sin embargo, y como cabría esperar, esta repentina y creciente valorización de la práctica curatorial ha terminado por banalizar la percepción pública de esta actividad e incluso la actividad misma. El aura del comisario-estrella, esa pieza indispensable en el engranaje del sistema artístico, ha atraído a centenares de aficionados, estudiantes, historiadores y otros profesionales, deseosos de abrirse paso en el siempre complejo mundo de la creación contemporánea, dando pie a situaciones ciertamente pintorescas.

Por ejemplo: te reencuentras, pasado el tiempo, con un compañero de promoción; intercambias algunas palabras amables antes del típico "¿qué estás haciendo ahora?", ante el cual, él, ni corto ni perezoso, te escupe un rotundo "soy comisario". Sin darte tiempo a preguntarle cómo se puede ser comisario sin haber comisariado nada, tu viejo colega extiende una tarjeta muy cool en la que se puede leer con claridad: "Comisario independiente". ¡Independiente! Sí,  freelance... La independencia, esa entelequia; no sé si es peor estar obligado a quedar bien con tu jefe o tener que contentar a todo el mundo...

El caso es que estas cosas pasan. En cuanto empiezas a moverte por el mundo del arte te das cuenta de que, si das una patada a una piedra, aparecen un montón de personas que han convertido la noble tarea del comisariado en su principal actividad profesional. A medida que las conoces, adviertes, estupefacto, que ciertos patrones se repiten continuamente, dando lugar a diferentes tipos de comisarios perfectamente definidos.

En primer lugar está el comisario - decorador de interiores, todo un clásico. No es muy aficionado a la lectura (excepción hecha de las revistas de diseño y moda), pero sí al trabajo de campo, esto es, a ver exposiciones con sus amigos y a tomar copas con la crema del establishment. Llegado el momento de exponer, sus grandes preocupaciones son cosas como agrupar las obras por colores y tonalidades (como quien combina bolso y zapatos), buscar la enmarcación apropiada o probar cuarenta tipografías diferentes para las cartelas. El contenido de la exposición puede ser bochornoso, pero la puesta en escena siempre es impecable. Garantiza glamour y autocomplacencia; un valor seguro para muchas instituciones.

Un segundo tipo es el comisario - poeta. Este creador entre creadores tiene un único propósito: desarrollar su discurso. Para él, los artistas son un necesario (e incómodo) pretexto para llevar a buen puerto su Obra; en consecuencia, se decanta por textos complejísimos en los que habla de cualquier cosa menos de la exposición. En su favor (o en su contra) hay que decir que, con frecuencia, sus reflexiones sobre, digamos, la naturaleza de la imagen son mucho más interesantes que la exposición en sí. Si el artista le deja, no sólo le dice cómo debe mostrar la pieza, sino que se la hace enterita: ¿y por qué no reproduces el vídeo en slow motion con música de fondo? -¿quién dijo vergüenza?- Hombre, no sé, es que... -titubea, timorato, el autor- Nada, nada, tú hazme caso a mí, ya verás lo bien que queda...

Un tercer personaje: el comisario - colega. Maestro de maestros. No organiza exposiciones, sino fiestas; no es un teórico, sino un relaciones públicas. Por norma, tiene una nómina de diez o doce amigos que rota en todos y cada uno de los eventos que organiza y a los que también utiliza como "asesores". En la oficina-café-bar hace gala de su rigor intelectual:


- Tengo que hacer una exposición sobre arte público, estoy pensando en llamar a fulano... 
- Ah, te va perfecto, ¿por qué no llamas también a mengano? 
- ¡Cierto! No lo había pensado, de lujo... También quería meter algo de escultura ["meter", como quien le echa un hueso de jamón al caldo] 
- Pues llama a zutano, que ahora está haciendo escultura...
[tal y como suena, es pintor pero desde que se aburre le da al cincel]
- ¡Es verdad! ¡Otra ronda!


Luego está el comisario - comodín, que lo mismo te organiza una muestra de arte sonoro que un festival de artesanía; y su antítesis, el comisario - especialista, que rechaza cualquier estímulo externo ajeno a su tema de estudio. Este último adopta incontables apariencias. A menudo, su cerrazón adquiere tintes cómicos, y no es difícil encontrarse a un "experto en arte y nuevas tecnologías", pertrechado con sus iPhone, iPAD y Macbook, afanándose en enviarte una imagen de 50 MB al grito de "va muy lento, no sé qué le pasa", o frustrado ante su incapacidad para descomprimir un archivo. A modo de venganza, entiendo, te mete entre pecho y espalda una expo con veinticinco instalaciones "interactivas", a su parecer de absoluta vanguardia, en las que el espectador puede tocar malamente cuatro teclas para conseguir cuatro efectos baratos.

El comisario - oportunista es el sexto perfil. Su modus operandi no tiene miga: si está de moda la sostenibilidad, hablamos de sostenibilidad; que se lleva el new media, abrazamos lo digital; que las instituciones apoyan "cuestiones de género" (esto es digno de estudio), todos contra el machismo; que reclaman discursos patrióticos, revisión historicista del "arte nacional" al canto... "Es muy versátil", dicen.

He dejado para el final al comisario - perfeccionista,  la quintaesencia de la profesión curatorial. Se rige por una máxima muy sencila: si lo hago yo, está bien; si lo haces tú, está mal. Cuando le pillas el punto, lo mejor es darle las cosas mal hechas a propósito, porque si se las das como le gustan te enviará las "correcciones" más inverosímiles y absurdas. No existe un centímetro cuadrado de la exposición en el que no deje su huella: al diseñador gráfico le dirá cómo hacer la difusión y el catálogo; al montador, cómo colocar los tornillos; al artista, cómo vestirse para la inauguración; al director de museo, cómo gestionarlo; al recepcionista, cómo saludar a los visitantes; a los visitantes, cómo contemplar las obras... Y así ad infinitum. Como colofón, todo estará siempre mal hasta el minuto previo a la apertura, a partir del cual juzgará la exposición un dechado de virtudes (no podría ser menos, estándo él/ella al mando...). Si algo saliese mal (opción de todo punto imposible), sin duda culparía al arquitecto de haber proyecto erróneamente el edificio.

Lógicamente, además de los anteriores, hay comisarios de criterio sólido y ego mesurado, poco propensos a favorecer a sus amistades, respetuosos con el trabajo ajeno, serios y sin ínfulas mesiánicas; huelga decir que no abundan, y que no hay un método infalible para localizarlos en el maremágnum del espectáculo artístico. No obstante, por regla general, se les distingue en virtud de algunas particularidades comprensibles: por un lado, tienden a apartarse en lo posible del sarao de las inauguraciones y de la pompa circense de los grandes eventos; por otro, rara vez viven del comisariado y, en muchos casos, ni siquiera se dedican de manera exclusiva a la crítica o a la gestión institucional en el ámbito del arte contemporáneo.

De cualquier forma, y antes de que me aticen, recordaré que toda regla tiene sus excepciones...



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Lee la segunda parte.

lunes, 25 de octubre de 2010

Empresas, tecnología y educación

Acabo de leer, vía @dreig, un post con una visión muy personal del Global Forum Education publicado en el blog Los mundos de yalocin, iniciativa de una profesora de secundaria que, por cierto, cuenta entre sus méritos el haberse liado la manta a la cabeza para instalar por su cuenta y riesgo una distro de Linux en los 40 ordenadores del aula de informática de su centro.

La entrada, digo, trata dos ideas que me parecen muy interesantes:

La primera es que, aunque hablemos largo y tendido de la necesidad de una sustancial reforma en la enseñanza, los alumnos "no pueden esperar ese gran cambio educativo".  Las grandes transformaciones están muy bien, pero las pequeñas acciones, individuales y cotidianas, los pequeños logros en el seno de un sistema claramente imperfecto, son los verdaderamente imprescindibles. No conviene olvidar esto.

En cuanto a la segunda idea... Cito textualmente:

    Se acabó lo que se daba: lo siento, pero no se que pintaban estas empresas hablando en un foro como este ¿su objetivo no es ganar dinero? pues eso. A mi me encantaría que fuese al revés, y estas empresas se sentaran a escucharnos a nosotros, docentes, de cómo pueden colaborar en la educación de nuestros  niños, y nuestras niñas. Me pone muy, muy nerviosa comprobar que , de repente, tengo delante mía a estos señores, que representan a entidades no educativas -no lo olvidemos- diciéndome como tengo que hacer mi trabajo y cómo hay que cambiar la educación ¡por favor! ¡seamos serios!


Pedimos una educación que abra a los estudiantes las puertas del mercado laboral, que los haga productivos y eficientes, que los adapte a las nuevas necesidades de las empresas... Es obvio que no se puede exigir esto sin asumir ciertas concesiones. Sin embargo, no creo que nadie sostenga que los programas educativos deban estar enteramente determinados por la industria: el objetivo es formar ciudadanos, no simplemente trabajadores. Es por ello que la educación no puede ser concebida en función de un criterio estricto de rentabilidad; debe aportar valores, capacidades y conocimientos tan improductivos en términos económicos como esenciales a nivel social y cultural. Estar capacitado para ejercer una determinada profesión no es garantía de que esto se cumpla.

En la primera parte de su artículo ¿Qué importa que la gente crea cosas raras?, Sergio Parra aborda una cuestión aparentemente banal (la creencia en pseudociencia, supersticiones y fenómenos paranormales) para demostrar que estas actitudes aparentemente inocuas pueden ser sintomáticas de importantes problemas. Con objeto de refrendar su razonamiento cita al físico Alan Sokal:

    Y si estoy preocupado por la creencia de la gente en la clarividencia y ese tipo de cosas, es en buena parte porque sospecho que la credulidad en asuntos leves prepara la mente para la credulidad en asuntos graves; y a la inversa: que el tipo de pensamiento crítico que resulta útil para distinguir la ciencia de la pseudociencia puede servir de algo para distinguir las verdades de las mentiras en los asuntos de Estado.


El antídoto contra la superstición es el mismo que permite cimentar una sociedad política y culturalmente activa, y debe estar en la base del sistema educativo: consiste en "cultivar el escepticismo", en palabras de Parra, fomentar el pensamiento crítico, desarrollar una disposición para la interpretación de la información que recibimos. Éste es el fin último, y es aquí donde difícilmente la filosofía empresarial podrá aportar las claves necesarias para redefinir el paradigma educacional. Es importante, claro está, entender el alcance y la naturaleza de las transformaciones tecnológicas, algo que las multinacionales hacen extraordinariamente bien; pero lo realmente necesario es saber qué queremos lograr con la reformulación de la enseñanza en función de estas mutaciones. Las grandes compañías analizan cantidades ingentes de información para detectar tendencias y saber cómo reaccionar ante ellas... con ánimo de lucro, no con afán de contribuir a la formación de una ciudadanía crítica. Esto es de puro sentido común, y no tiene nada de malo siempre que todos lo asumamos.

Cuando, en 1979, US Steel inició una política de adquisiciones para diversificar su actividad empresarial, su Presidente, James Roderick, justificó la decisión de una manera elocuente: "el deber de la administración es hacer dinero, no acero". Nos fascinan los métodos de Google y criticamos las políticas restrictivas de Apple, pero el objetivo de ambas es el mismo: hacer caja. A veces olvidamos esto y creemos que redes sociales, sistemas operativos, tablets o ebooks han sido desarrollados para favorecer el cambio educativo...

El mercado va a seguir produciendo las herramientas y los medios, definiendo un nuevo escenario social. En este sentido, el concurso de representantes de importantes empresas en eventos de este género será interesante y recomendable, pero sólo si se comprende cuál es su aportación y cuál su perspectiva. La interpretación de sus intervenciones y la aplicación práctica de sus ideas siempre debe recaer en los educadores -y no hablo sólo del profesorado,la educación comienza en casa-, los únicos que, en lugar de productores y consumidores, verán alumnos e hijos.

sábado, 23 de octubre de 2010

Adaptando el museo al contexto digital

Un reciente artículo publicado en Technology in the Arts* expone algunas de las soluciones que varios museos están adoptando para adecuarse al nuevo escenario digital: realidad aumentada, códigos QR, aplicaciones para móviles, dispositivos específicos distribuidos en el propio centro...

La institución museística avanza tímidamente hacia la integración de las tecnologías de la información en su dinámica de trabajo, pero de momento predominan aplicaciones que se limitan a refrendar y perfeccionar una concepción muy determinada de la función del museo, la producción y distribución de la cultura y los discursos historiográficos. En otras palabras: nuevas herramientas para viejas prácticas.

En muchos centros de experimentación artística ocurre todo lo contrario: se detecta una auténtica efervescencia tecnófila, un claro compromiso con el desarrollo de proyectos que expriman las posibilidades derivadas de las nuevas tecnologías, analizando su impacto en los mecanismos de creación y divulgación.

Esta diferenciación no es fruto del azar, ya que los espacios dedicados a la experimentación tienen la ventaja de no llevar a sus espaldas la onerosa tradición museística; no se deben al pasado, pueden reconfigurarse en función de necesidades cambiantes y su propio trabajo consiste en reflexionar sobre la naturaleza de estas transformaciones. En el ADN del museo como lo conocemos, por el contrario, está escrito el pensamiento ilustrado, el proyecto moderno, un modelo cultural hegemónico que ya no parece apropiado como principio de interpretación. No se trata, por tanto, de predicar viejos principios en nuevos soportes; urge reformularlos, hacer compatible la preservación con la producción de contenidos, establecer estructuras y discursos abiertos; convertir el museo en una institución dialógica, no tanto el espejo de una cultura determinada como su continuo proceso de construcción (colectiva).

Hace falta, pues, un museo pensado desde y para el nuevo escenario socioeconómico y cultural, y no una actualización técnica del que ya existía. Las grandes instituciones presentan importantes avances en esta dirección, pero es fundamental hacerlos extensivos a los centros con menos recursos, porque son éstos precisamente los que más se podrían beneficiar de una hipotética renovación.

* Ver también 2010 Horizon Report: Museum Edition.

jueves, 21 de octubre de 2010

Replanteando el sistema educativo en la sociedad de la información

Hace algunos días, Ismael Peña-López publicó una interesante entrada sobre la necesidad de desinstitucionalizar la educación con objeto de adaptarla a la nueva economía digital (o, más bien, de reinstitucionalizarla, tal y como matiza en los comentarios). La pregunta fundamental del post era si continúa siendo útil concentrar físicamente el acceso al saber en una época caracterizada por la ubicuidad de la información y la cultura, es decir, si es viable mantener el modelo ilustrado de educación y sus instituciones totémicas: escuela, biblioteca, universidad, museo...

En una línea similar se mueve otro artículo, recientemente publicado por Dolors Reig, que recoge varias afirmaciones pronunciadas en el Global Education Forum 2010, además de un excelente vídeo que sintetiza las ideas de Ken Robinson al respecto.

El diagnóstico es bastante claro: el sistema actual, concebido en función de los principios de la Ilustración y adecuado a los propósitos del Industrialismo, está dislocado del nuevo contexto económico y cultural, en el que se antoja terriblemente ineficaz. Su apego a la idea académica del conocimiento y a una pedagogía prehistórica es contraproducente, ya que cercena la capacidad creativa del alumno, sometiéndolo a modelos de comunicación anacrónicos y suscitando su aversión.

¿Cuáles son las posibles soluciones? Existen muchas direcciones en las que avanzar. Se constata la necesidad de introducir un componente lúdico en la enseñanza, que estará claramente condicionada por la adopción de las tecnologías de la información; se hace hincapié en la educación emocional, en un enfoque personalizado y en la ruptura con los corsés que imponen las diferentes disciplinas de estudio.

Personalmente, creo que la enseñanza debe desplazar progresivamente gran parte de los contenidos en favor de las metodologías, esto es, sustituir el culto a la memorización por el estímulo y el desarrollo de diferentes aptitudes y actitudes. La gran asignatura pendiente del sistema educativo es fomentar el pensamiento crítico, el cuestionamiento de lo comúnmente asumido, la reflexión pluriperspectiva... Todo aquello necesario para que cada alumno tenga criterio propio.

En este sentido, pienso en los centros educativos como en una suerte incubadoras culturales, como laboratorios en los que sea factible aprender creando, participando de proyectos colectivos surgidos del propio alumnado. Esto desembocaría en relaciones cruzadas, grupos de composición variable, investigaciones transversales y una dinámica de trabajo en permanente revisión y reformulación.

El mismo modelo podría ser perfectamente válido también para la enseñanza superior... Aunque en este ámbito los problemas son otros, más complejos. Se incide en la necesidad de colaboración entre el sector público y el sector privado, entre la universidad y la empresa, pero llevar esto a sus últimas consecuencias sólo supondrá el triunfo incontestable de la racionalidad instrumental. Si hay algo meritorio en el viejo modelo universitario, esto es, paradójicamente, su lectura idealista del papel del conocimiento en la vertebración de la sociedad; un tipo de conocimiento muy concreto, claro, académico, fundado en una cultura occidental, logo y falocéntrica, pero defendido, en cierto modo, por encima de contingencias económicas.

Digo esto porque se acumulan artículos extraordinariamente documentados en relación con la adaptación de la educación superior a las exigencias del mercado. Se habla de especialización y productividad, pero siempre a nivel económico. ¿Qué hay de la producción social y cultural? ¿Formaremos individuos perfectamente integrados en el sistema pero incapaces de cuestionarlo? ¿Desterraremos todas las áreas de conocimiento "improductivas" desde el punto de vista del tejido industrial? ¿Ignoraremos los beneficios sociales derivados de ámbitos de trabajo económicamente deficitarios?

Por mucho que queramos liberarnos de todas las ataduras, para desterrar una vieja visión dogmática tendremos que consensuar un nuevo corpus de valores, en relación con todos los cambios tecnológicos y socioculturales que han tenido lugar en las últimas décadas. Si la rentabilidad económica es la piedra angular de este proceso, lo único que haremos será sustituir unos dogmas por otros. La gestión pública de la educación no ha sido en absoluto ejemplar, pero no podemos esperar que la intervención del capital se plantee en términos salvíficos. Gran parte de la educación debería ser juzgada en función de criterios cualitativos, no cuantitativos.

Necesitamos una solución equilibrada, un sistema abierto, permeable y flexible, en las antípodas del estatismo hierático del que hasta ahora hemos conocido.

martes, 19 de octubre de 2010

La sociedad del espectáculo. El caso Banksy

Antes o después tenía que hablar de la ya archiconocida cabecera que Banksy ha realizado para Los Simpsons (un conato de crítica a la explotación laboral, para los despistados). Transcurridos algunos días desde su emisión, se puede comprobar que su incidencia real, más allá de la locura tuitera del momento, ha sido escasa. Que el vídeo haya estado en boca de todos sólo ha revelado su incapacidad crítica. La jugada publicitaria de la FOX ha sido perfecta.

Guadalupe Ruiz Fajardo, Profesora de la Universidad de Columbia, lo ha definido de una manera elocuente: "es tal la inutilidad de las artes para hacer algo en contra del poder que el mismo poder ha terminado por darse cuenta de que es más fácil dejar decir que censurar. La cabecera de Banksy no va hacer [...] que los espectadores dejen de ver Los Simpsons". En esa línea se movía una entrada recién publicada en Apolorama: "la fuerza que pretendía tener la introducción se anula: es absorbida y normalizada [...] De repente, la explotación monstruosa [...] se convierte en algo aprobado, que se consume ligeramente, sin consecuencias".

Me permito algunos comentarios al respecto:

1. Cuando el arte aboga por una vía de activismo y crítica política debe subvertir -o al menos abandonar- los modos de narración, representación y difusión de su propia institución y del mercado. Todo aquello que se inscribe de manera legítima en este contexto sólo puede aspirar a ser, en el mejor de los casos, crítica teatralizada. La amplificación mediática se deriva siempre de un mayor o menor grado de sumisión formal por parte del autor, y se traduce en una desvalorización del contenido crítico; la masificación comporta necesariamente banalización: iconizar es mercantilizar.

Hay que buscar las fisuras, moverse en los márgenes, allí donde la expresión no está regulada por las pretensiones del mercado; no hay que temer la pequeña escala, mucho más efectiva, sincera y transparente. Es un problema de perspectiva, no de inutilidad de las artes.

2. La red no siempre es sinónimo de comunicación. Las millones de visualizaciones del vídeo de Banksy han generado más eco que diálogo. Se constata la primacía del consumo pasivo; las opiniones mayoritarias en la blogosfera revisten un carácter ilusorio, representando a un colectivo minoritario y específico. Cuando se logra obtener una respuesta masiva, ésta se vincula a la opinión (o a la acción estéril, tipo ataques DDOS). La vía de actuación más productiva ("si no estás de acuerdo con algo, no lo consumas") es ignorada sistemáticamente.

3. Banksy dejó de tener sentido en el mismo momento en que todos empezamos a hablar de él y lo introdujimos en el ámbito institucional, es decir, desde que lo convertimos en trademark. No se puede combatir el fuego con fuego.

4. Por La sociedad del espectáculo no pasan los años, tristemente.

domingo, 17 de octubre de 2010

Hacia una lectura abierta e interconectada

El presidente del grupo Planeta, José Manuel Lara, está realmente preocupado por el futuro del libro: "no se ha pillado ni una sola web de las que permiten descargas ilegales; no puede ser; necesitamos ya una legislación contra la piratería en la red efectiva y acorde con el siglo XXI si no queremos que le pase al libro lo del disco".

Leyendo sus declaraciones, es fácil entender que lo que le preocupa no es el futuro, sino el pasado del libro; y lo que es peor, del libro como tal, en tanto que soporte físico. Pide una legislación acorde con el siglo XXI, pero no habla de una industria en consonancia. Queda claro que a los editores les preocupa más defender un modelo de negocio obsoleto que abrir nuevos mercados. Menos mal que la venta de ebooks crece de manera espectacular, y no sólo en América, pese a la lamentable oferta existente.

Lo importante es que la gente lea, cuanto más mejor, el soporte o las condiciones son irrelevantes. Si la demanda de contenidos crece, la industria tiene en su mano rentabilizar esta tendencia; si hasta ahora no lo ha hecho, no puede culpar a la piratería de su incapacidad, tal vez el DRM, la falta de estándares sólidos y un sistema de distribución desastroso tienen buena parte de la culpa.

El libro electrónico está en pañales. En los próximos años seremos testigos de una importante evolución a nivel de hardware (comenzando por tecnologías como Mirasol, de Qualcomm), pero sobre todo de la reformulación de nuestra experiencia como lectores interconectados.  El sistema Popular Highlights, de Amazon, es un primer paso: si muchos diferentes lectores resaltan una determinada frase o párrafo del libro que estás leyendo, tú lo verás marcado. Como es lógico, la función puede ser deshabilitada, por si queremos preservar la forma original del libro, pero a nadie se le escapa que el sistema prefigura posibilidades realmente interesantes.

En el pasado, compartir impresiones sobre nuestras lecturas no era tarea sencilla, salvo quizás en aquellos lugares en que se concentraba el acceso de la información: comunidades universitarias, grandes ciudades con numerosos clubes y asociaciones de lectura, entornos profesionales... Y ni siquiera estos contextos garantizaban la participación en un intercambio fluido de información.

Ahora no es difícil imaginar una red social organizada en función de lo que leemos. Podemos pensar en libros en los que sea posible difundir nuestros comentarios, identificar a los usuarios cuyas anotaciones queramos conocer, filtrarlas en función de nuestros intereses o ampliar las referencias de los textos originales con enlaces a contenidos que el autor no haya considerado. Pensemos, por ejemplo, en las infinitas posibilidades de este tipo de recursos a nivel educativo.

Estas aplicaciones u otras similares serán desarrolladas, antes o después, con el concurso de las editoriales o frente a su desaprobación. En sus manos está el sumarse y participar de este nuevo escenario o contentarse con languidecer entre protestas.