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jueves, 14 de octubre de 2010

Kindle Singles es la punta del iceberg

Una de las noticias del día ha sido el anuncio de Kindle Singles, un nuevo formato de publicación, lanzado por Amazon, destinado a poner en circulación obras con una extensión de entre diez y treinta mil palabras (es decir, de entre treinta y noventa páginas, según calculan). La intención de este producto es dar cabida a artículos, reportajes, relatos e investigaciones de difícil edición en papel a causa de su tamaño; aprovechar las ventajas inherentes al libro electrónico para generar un nuevo concepto y un mercado que responda a las necesidades de un nuevo lector, que se adapte a las pautas emergentes en nuestra forma de consumir información.

Es curioso, hace algunos años un amigo me comentó que se había autoimpuesto la curiosa norma de no leer "bajo ningún concepto libros de más de cien páginas". "No hay nada que no puedas contar en cien páginas, ¿no?" -añadía. Lo curioso es que cumplía su palabra salvo en escasísimas y justificadas ocasiones.

Más allá de la anécdota, este tipo de actitudes y novedades son sintomáticas de un cambio profundo en nuestra forma de producir información y de acceder a ella. En La Sociedad Red, Manuel Castells cita a Havelock y su idea de la mente alfabética, un "estado mental", producto de la invención del alfabeto en Grecia, que nos llevó a privilegiar el discurso escrito sobre cualquier otra forma de expresión durante más de dos milenios. Lo hace para oponer este patrón comunicativo al esquema cognitivo surgido a raíz de la integración de los lenguajes escrito, oral y audiovisual en virtud de las tecnologías de la información. Y difícilmente se podrá negar, al margen de algunos matices, que el contexto digital debe ser comprendido en relación con una intrincada red de soportes y lenguajes interrelacionados (hasta el punto de que hablamos ya, con frecuencia, de narrativas transmediáticas).

Sin embargo, esta serie de transformaciones pueden ser comprendidas desde otra perspectiva. Hace poco, leyendo un diálogo entre Umberto Eco y Jean Claude Carrière a propósito de la presentación de su obra Nadie acabará con los libros, me llamó la atención uno de los comentarios de Eco: "con Internet hemos vuelto a la era alfabética".

De alguna forma, y aunque parezca raro en función de lo expuesto, esto también es cierto. Leemos de manera ininterrumpida, casi sin darnos cuenta: nuestro lector de feeds, Twitter, Facebook, una cifra considerable de periódicos y revistas, blogs, chats... En un único día accedemos a una cantidad abrumadora de fuentes de información, incluyendo, cómo no, el correo electrónico. Y en todos estos servicios el soporte verbal es, hasta lo de ahora, imprescindible. Hay visos de nuevos interfaces y modos de comunicación, pero a día de hoy la imagen y el sonido continúan dependiendo en gran medida del lenguaje escrito.

Lo que ocurre, por tanto, es que se produce un cambio evidente en nuestra forma de gestionar y procesar la información. La lectura simultánea de varios textos se ha vuelto relativamente común, por no mencionar nuestra tendencia a consumir vídeo, música y texto al mismo tiempo. La expresión "lectura transversal" cobra ahora pleno sentido; el hipertexto nos invita a dibujar mapas conceptuales complejos y cambiantes. La cultura Google reemplaza a la cultura de archivo; los tags hacen estériles los intentos de establecer "categorías" de conocimiento. No hay un orden definido, los contenidos se ordenan en tiempo real y en función de nuestros intereses.

Pero, pensándolo bien, ¿no es acaso este escenario mucho más natural que el que definía la sumisión a un discurso lógico y ordenado, a una estructura jerárquica de contenidos? La tendencia enciclopédica a la clasificación ha resultado útil para la pedagogía -para una forma concreta y caduca de pedagogía, de hecho- pero cada vez muestra más claramente sus carencias. Al fin y al cabo, lo normal -lo natural- no es leer, por orden, uno a uno, a todos los poetas románticos, ni visitar las catedrales barrocas tras haber conocido en profundidad todas las construcciones renacentistas, o explorar la geografía castellana una vez recorrido cada metro de la escarpada orografía gallega... No. Un día estás leyendo a Borges y al día siguiente haces lo propio con Virgilio; ahora estás en la Tate Modern y hace 3 horas estabas en el British,  y Radiohead suena de fondo mientras devoras Faulkner, subes al metro... O ambas cosas al tiempo.

Las investigaciones hipertrofiadas han perdido gran parte de su razón de ser. No es posible fijar un estado "definitivo" en la elaboración de una obra, ni siquiera aspirar a que diga algo nunca antes dicho o a que tenga un principio y un fin concretos; las ideas se propagan vertiginosamente, formando parte de obras interrelacionadas y en continuo proceso de renovación; todo estudio es una aproximación en permanente cambio, work in progress. El escritor, como tal, conecta; ata cabos, crea redes, propone asociaciones que serán discutidas, matizadas y ampliadas por otros. El lector relaciona lecturas fragmentarias; escoge y guarda textos y enlaces (aquí surgen Evernote o Instapaper), a los que accederá a la hora de producir algún tipo de contenido o con la simple intención de comprobar algún razonamiento.

Seleccionar, sintetizar y relacionar la información, ahí radica el propio acto creativo, la tarea esencial. La docencia y la comunicación deben cambiar: no tiene sentido memorizar, clasificar o restringir los contenidos cuando el acceso a un flujo ingente y continuo de información y recursos es prácticamente ubicuo. Para los que hayan crecido en un entorno digital será fácil, pero es necesario, y urgente, reconvertir las estructuras educativas y culturales, hacerlas más flexibles, para que puedan, desde ya, sacar partido de este contexto y favorecer el desarrollo de una gran cantidad de nuevas herramientas, actividades y procesos.

miércoles, 13 de octubre de 2010

Lo bello y lo útil

Tenía en mente dedicar este post a las jornadas "Arte + Grandes Eventos", organizadas por el Consello da Cultura Galega con objeto de "analizar la presencia de las artes visuales en los grandes eventos y la dialéctica planteada por las políticas culturales", pero en vista de que los vídeos de las intervenciones no están todavía colgados en la web del CCG, creo que va siendo hora de descartarlo.

Aprovecho, pues, para comentar brevemente un artículo de Stanley Fish para el New York Times, The Crisis of Humanities Officially Arrives, cuyo punto de partida es la decisión del Presidente de la Universidad de Albany de cargarse las filologías francesa, italiana, rusa y clásica, así como los estudios de teatro, argumentando la imposibilidad de mantener estas licenciaturas ante la drástica reducción de la financiación estatal en los últimos años.

La noticia no debería sorprendernos ya que, a la hora de recortar gastos, la cultura y las humanidades son siempre la primera opción: desde el punto de vista del mercado, destinar amplias (o no tan amplias) partidas presupuestarias a la investigación y formación en disciplinas poco "productivas" se antoja absurdo. El problema es la reacción de los de letras, que a menudo entramos al trapo recalcando la supuesta utilidad de nuestras habilidades en el entorno empresarial y aportando decenas de argumentos que, en muchos casos, atentan contra el sentido común. Por mucho que nos amparemos en la idea de que las ciencias humanas confieren una perspectiva muy particular y abierta de las relaciones sociales, la producción simbólica y los procesos comunicativos, por poner algunos ejemplos, entiendo que es un error ver ésta como su mayor virtud. Lo que las hace necesarias, lo que les otorga su especificidad, es precisamente su filiación con todo aquello que es inútil.

Paul Auster expresó esta misma idea, de una manera mucho más elocuente que la mía, en su discurso de aceptación del Premio Príncipe de Asturias de las Letras 2006:
    "...En otras palabras, el arte es inútil, al menos comparado con, digamos, el trabajo de un fontanero, un médico o un maquinista. Pero ¿qué tiene de malo la inutilidad? ¿Acaso la falta de sentido práctico supone que los libros, los cuadros y los cuartetos de cuerda son una pura y simple pérdida de tiempo? Muchos lo creen. Pero yo sostengo que el valor del arte reside en su misma inutilidad; que la creación de una obra de arte es lo que nos distingue de las demás criaturas que pueblan este planeta, y lo que nos define, en lo esencial, como seres humanos. Hacer algo por puro placer, por la gracia de hacerlo..."
Recuerda en parte a una conocida frase de Monseñor Bienvenido en Los Miserables: "lo bello vale tanto como lo útil... tal vez más".

domingo, 10 de octubre de 2010

Pan y circo

Ayer se publicó la segunda parte de la interesante entrevista que Antonio Ortiz ha realizado a David del Val, Director de Desarrollo de Nuevos Productos y Servicios de Telefónica I+D, para Xataka.
A mí me ha llamado la atención una parte en concreto:
    Xataka: De hecho la tele tiene una experiencia de usuario muy difícil de mejorar: te “repanchingas” en el sofá, “pulsas” y ya está funcionando. Dudo mucho que la gente quiera un ordenador conectado a la tele.
    David del Val: A veces digo que la televisión del futuro es peor que la del presente. La de ahora tiene dos ventajas: te echan lo que quieren y no tienes que pensar y que es social, se ve en familia. En la del futuro ¿buscar todo el rato para ver clips de 10 segundos en youtube? (risas, lo explica bromeando) y todavía no es social. El que consiga hacer la tele del futuro tan buena como la del presente, ese se va a forrar.
    Dudo que lo que haga falta sea un buscador, lo que hace falta es un “curator”, alguien que te recomienda y haga el trabajo por ti. Hasta ahora ese rol es el de las cadenas, pero con todo el contenido de internet se puede hacer personalizado. Hacer eso bien no está solucionado bien técnicamente, quien lo haga tendrá la tele del futuro tan buena como la del presente.
Como cabría esperar ante una respuesta de ese tipo, se han sucedido las réplicas, incidiendo mayoritariamente en que la TV del presente no es otra cosa que telebasura. Independientemente de que eso sea cierto, no es, en este caso, el quid de la cuestión, ya que David del Val no habla tanto de contenidos como de experiencia de usuario y, en este sentido, es obvio que su afirmación no va desencaminada. No se trata de hacer conjeturas o de jugar a ser visionarios, sino de tener un mínimo de memoria histórica o sentido común: el que consiga proponer una experiencia de usuario satisfactoria y un modelo de rentable de explotación tanto para sí mismo como para los distribuidores de contenidos se llevará el gato al agua. Ningún misterio.

Pero profundicemos, por un momento, en una idea clave: "te echan lo que quieren y no tienes que pensar" [...] "lo que hace falta es un curator, alguien que te recomienda y haga el trabajo por ti".

Desde un punto de vista empresarial, el razonamiento es impecable y se reduce a esto: consumo rápido, fácil y dirigido. Nada que objetar.

Desde un punto de vista cultural, por el contrario, el razonamiento es terrible y se expresa de esta otra forma: en la era de la información, tú, como usuario, dispones de la capacidad de producir y distribuir contenidos y de generar espacios de comunicación ajenos a la lógica del mercado; pero te resultará infinitamente más cómodo regresar al papel de espectador, al liviano consumo de lo que otros han dispuesto para ti.

Y, en la intersección de estas dos perspectivas, nosotros, los usuarios, que todavía y a pesar de todo tenemos la posibilidad de definir los nuevos modelos de comunicación: nos asiste, al menos, el derecho a (la responsabilidad de) no consumir lo que no nos gusta. Ésa es nuestra capacidad de influir en el mercado, porque -a pesar de lo que algunos piensan- el fin último de las empresas es el lucro, no el adoctrinamiento, y de buena gana nos ofrecerán aquello que demandemos.

Nos corresponde decidir, optar por implicarnos directa y activamente en la producción y transmisión de la información o contentarnos, desde la pasividad y la complacencia, con fuegos de artificio; pan y circo. Lo fácil es encender la tele y criticar la programación. El reto está en proponer y hacer posibles otras vías.

jueves, 7 de octubre de 2010

Arte y espectáculo

Cada vez que leo o escucho la expresión "industria cultural" viene a mi memoria la célebre afirmación de Groucho en Un día en las carreras: "inteligencia militar es una contradicción de términos".

Siempre me ha fascinado que se puedan conciliar de esa manera los términos "industria" y "cultura", pero ahí está esa maquiavélica asociación, más vigente que nunca. El Consello da Cultura Galega, sin ir más lejos, dio comienzo hoy a unas jornadas que, bajo el título de "Arte + Grandes eventos", analizan el conflicto entre arte y espectáculo.

Arturo Rodríguez Morató, José Luis Pardo y Santiago Olmo han sido los primeros en intervenir, pero de sus respectivas aportaciones apenas tenemos una breve reseña en la web del CCG. Los vídeos de las conferencias llegarán en los próximos días -espero- para aquellos a los que el trabajo nos ha impedido asistir.

De momento, y a la espera de material adicional para hacer valoraciones, me gustaría apuntar algún detalle:

En primer lugar, es curioso que hablemos de la industria cultural pero sigamos sosteniendo, desde un prisma teórico, la autonomía del Arte (nótese la mayúscula) y un supuesto distanciamiento crítico en relación con el hecho artístico (me pregunto cómo puede ser tal hecho localizado y diferenciado en el seno de la industria, esto es, en la galería, el museo, el mercado...). En otras palabras, si asumimos que el sistema económico ha fagocitado nuestra vieja concepción del Arte, no parece oportuno que sea la propia industria -o, más bien, la "masa cultural", en palabras de Bell- la encargada de diferenciar el objeto artístico del mero producto de consumo (si es que tal distinción puede tener lugar en el contexto presente).

En segundo lugar, y en relación con lo anteriormente expuesto, es necesario profundizar en esa voluntad del Arte (en tanto que institución) de permanecer ajeno a "todo lo demás". Cuando hablamos del arte como "industria cultural" todo tiene cabida, empezando por el primero que coge un micrófono (los medios utilizan la denominación "artista" de manera absolutamente indiscriminada); cuando hablamos del "gran Arte" ni siquiera Pink Floyd es bienvenido. En ocasiones decimos "Arte contemporáneo" y, paradójicamente, barremos de un plumazo el 99% de la cultura contemporánea, es decir, todo lo que acontece al margen del espectáculo de los grandes centros e instituciones artísticas.

Pongamos un ejemplo: Susan Philipsz forma parte de la supuesta elite de la creación. Es "artista sonora", que no música, es decir, se adapta al patrón expositivo tradicional, al modelo museístico, a la lógica del mercado; los músicos, por el contrario, no, entre otras cosas porque sus discos se venden por millones y el viejo sueño del "aura" de la Obra de Arte ha sobrevivido a Benjamin, a las tecnologías de la información y hasta al sentido común. Es curioso, en este caso concreto parece haber más transparencia y "sentido" en un sector estricta e indisimuladamente industrial que en torno a los anhelos de independencia del Arte. ¿Se invierten acaso las tornas?

En las últimas páginas de Cultura RAM, José Luis Brea (terrible pérdida la suya) reclama una crítica que opere desde fuera del sistema, cargando de manera durísima contra esa concepción de la crítica como parte indispensable del propio establishment, como ese fingido contrapoder, como mera ficción interesada. En su opinión, el sistema asume y gestiona la crítica de su propio funcionamiento, anulándola de facto.

En sus propias palabras, "esa condición refractaria, blindada a la crítica exógena [...] se sostiene ahora muy ladinamente en la invocación -estratégica se dice- del carácter autónomo del arte, acaso la fabulación más tramposa que se ha tomado la decisión de mantener contra toda evidencia como irrenunciable herencia y legado de la invención moderna del arte contemporáneo [...] la práctica artística no es sino un hacer generador de narrativas e imaginarios [...] La suposición de que esas narrativas e imaginarios abanderan valores supuestamente antagónicos ignora [...] el principio mismo de toda la tradición de la crítica de la ideología: que la forma que ésta adquiere nunca es veraz y directa. Que la ideología nunca enuncia los valores de lo que encubre, sino antes bien las retóricas que lo hacen (a eso encubierto) tolerable, convivible, aceptable como escenario de la vida común)".

El reto, en efecto, consiste en desnudar la cadena de intereses y circunstancias (no necesariamente negativos, matizo) a la que obedece la producción artística (cultural, en sentido amplio), en lugar de perseverar en el aislamiento del Arte, en esa autonomía falaz que no hace sino alimentar un ingente círculo vicioso.