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viernes, 10 de junio de 2011

Julian Assange por Hans Ulrich Obrist

Es altamente recomendable leer la primera parte de la amplia entrevista que Hans Ulrich Obrist ha realizado a Julian Assange.

Independientemente de la simpatía o rechazo que uno sienta por el fundador de Wikileaks y sus planteamientos, su alergia a lo políticamente correcto siempre es de agradecer.

A continuación, algunos fragmentos (las negritas son mías):

Cypherpunk is a wordplay on Cyberpunk, the latter was always viewed as nonsense by real computer hackers—we were the living Cyberpunks while others were just talking about it, making artistic pastiche on our reality. We viewed the better books as a nice showing of the flag to the general public, but like most causes that are elitist and small, we had contempt for bowdlerized popularizations. We saw that we could change the nature of the relationship between the individual and the state using cryptography. 

[...] Censorship is not only a helpful economic signal; it is always an opportunity, because it reveals a fear of reform. And if an organization is expressing a fear of reform, it is also expressing the fact that it can be reformed.

[...] there is an idea that these great American companies, Facebook and Twitter, gave the Egyptian people this revolution and liberated Egypt. But the most popular guide for the revolutionaries was a document that spread throughout the soccer clubs in Egypt, which themselves were the most significant revolutionary community groups. If you read this document, you see that on the first page it says to be careful not to use Twitter and Facebook as they are being monitored. On the last page: do not use Twitter or Facebook. That is the most popular guide for the Egyptian revolution. And then we see Hillary Clinton trying to say that this was a revolution by Twitter and Facebook.

[...] It was an extremely interesting document, and we sent it to 3,000 people. [...] Why didn’t anyone spend time on this extraordinary document? [...] I think the main factor, however, for those who are not professional writers, and perhaps many who are, is simply that they use their writing to advertise their values as conforming to those of their paper. The aim of most non-professional writers is to take the cheapest possible content that permits them to demonstrate their value of conformity to the widest possible selection of the group that they wish to gain the favor of.


[...] Nadhmi Auchi has interests all over the world. His Luxembourg holding company holds over 200 companies. [...] He was also the principle financier of a man called Tony Rezko, who was one of Obama’s most important fundraisers, for his various pre-presidential campaigns, such as for the Senate. Rezko was also a fundraiser for Rob Blagojevich, the now disgraced Governor of Illinois. Rezko ended up being convicted of corruption in 2008. But in 2008, Barack Obama was involved in a run against Hillary for the presidential nomination, so the media turned their attention to Barack Obama’s fundraisers. And so attention was turned to Tony Rezko, who had been involved in a house purchase for Barack Obama. And attention was then turned to where some of the money for this house purchase might have come from, and attention was then turned to Nadhmi Auchi, who at that time had given Tony Rezko $3.5 million in violation of court conditions. Auchi then instructed Carter-Ruck, a libel firm in the UK, to go after stories mentioning aspects of his 2003 corruption conviction in France. And those stories started to be removed, everywhere. [...] The Guardian pulled three of the stories. The Telegraph pulled one. And there are a number of others. If you go to the former URLs of those stories you get a “page not found.” It does not say that it was removed as the result of a legal threat. As far as we can tell, the story not only ceased to exist, but ceased to have ever have existed. Parts of our intellectual record are disappearing in such a way that we cannot even tell that they have ever existed. [...] This is just the tip of the iceberg. And there are other forms of removal that are less intentional but more pernicious, which can be a simple matter of companies going under along with the digital archives they possess. So we need a way of consistently and accurately naming every piece of human knowledge, in such a way that their name arises out of the knowledge itself, out of its textual, visual, or aural representation, where the name is inextricably coupled to what it actually is. If we have that name, and if we use that name to refer to some information, and someone tries to change the contents, then it is either impossible or completely detectable by anyone using the name. [...] We all now suffer from the privatization of words, a privatization of those fundamental abstractions human beings use to communicate. The way we refer to our common intellectual record is becoming privatized, with different parts of it being soaked up into domain names controlled by private companies, institutions or states.

viernes, 12 de noviembre de 2010

Tecnología, redes, política y espacio público

"Tu timeline no es EL mundo", leía hace unos días en Calvo con barba; es cierto, por curioso que parezca, en ocasiones utilizamos herramientas que podrían ampliar nuestras perspectivas como simples formas de autoafirmación.

José López Ponce lo ha planteado de una manera más drástica: a su juicio, Twitter propicia una suerte de fast knowledge o conocimiento basura en razón de su formato, que considera apropiado para un consumo rápido y poco reflexivo. No está de más, por cierto, leer su crítica hacia un incipiente etnocentrismo 2.0.

Creo, sin embargo, que el problema es poner el acento en las herramientas, exagerando la importancia de la tecnología, que carece de voluntad. Lo verdaderamente importante es lo que hacemos con ella y, en este sentido, resulta paradójico comprobar que, en una época definida por profundas transformaciones en nuestro modo de procesar la información, hemos perpetuando una buena cantidad de viejos vicios (hoy es nuestro timeline, antaño eran dos cabeceras y dos informativos).

Hablamos continuamente de la importancia de la web 2.0, de las estructuras de trabajo horizontales, de la bidireccionalidad de los procesos comunicativos y de la posibilidad de construir una esfera genuinamente pública. Exigimos un nuevo periodismo, una nueva educación, un nuevo sistema cultural, una nueva empresa... Pero, ¿hasta qué punto se traducen en cambios reales y efectivos estas ideas?

Hablemos claro: la mayoría de la gente no sabe qué es Wikileaks ni quién es Julian Assange, y la decisión de disputar el Madrid - Barça el lunes 29 de noviembre ha tenido mucha mayor repercusión en nuestro país que las negociaciones en torno al ACTA. En ciertos círculos (relativamente amplios, es cierto), estas y otras cuestiones, como la necesidad de promover el software libre o las consecuencias de la promulgación de la Ley Sinde, revisten una importancia capital; en la calle, mayoritariamente, no.

Lo que ocurre es que hay una fractura evidente entre dos formas de entender y emplear las nuevas -es un decir- tecnologías de la información.

Existe un grupo de usuarios que apuesta por la construcción colectiva de un gran espacio de debate y por la redefinición de las formas de acceso a la cultura y a la información. No hablo de una única vía, sino de opiniones enfrentadas -a menudo de manera visceral- bajo la convicción común de que es posible -imprescindible, más bien- lograr una amplia participación social en los mecanismos de decisión política, favoreciendo nuevos modos de gestionar los recursos públicos y abogando por la intervención directa de la ciudadanía.

Frente a esta postura, en cierto modo activista, emerge un amplísimo sector de la población que no participa de manera directa en la producción de contenidos, que no se pronuncia en torno a cuestiones políticas fundamentales y que no expresa sus inquietudes públicamente. Hay mucha gente que no utiliza la red para hacer cosas que antes no podía hacer, ni para llegar a lugares a los que no podía llegar, sino más bien para reforzar ciertas pautas y actitudes, para consolidar su pertenencia a determinados grupos locales y restringidos. Es un uso tan lícito como cualquier otro, pero tiene sus consecuencias.

Castells habla a menudo del fenómeno Obama y de cómo su capacidad para movilizar al electorado en internet resultó clave de cara a su elección. Algunos creyeron ver en este hecho una prueba del poder de las redes y un signo de esperanza; tal vez sea más razonable entenderlo como la demostración de que la tecnología puede ser instrumentalizada en beneficio de un determinado grupo de poder. Al fin y al cabo, ni Obama es un mesías, ni salió de la nada.

Por otro lado, ni las nuevas formas de acceder a la información ni la revelación de documentos que ponen en entredicho a diferentes gobiernos han conseguido generar cambios estructurales a nivel político. En España, por ejemplo, no parece que la indignación frente a la Ley Sinde vaya a echarla por tierra (la estupenda idea de Hacktivistas está teniendo una discreta acogida); y tampoco hay indicios de que nuestro bipartidismo crónico peligre... Por cierto, la ilegalización del famoso canon -parcial e insuficiente- se produjo a raíz del litigio entre la SGAE y Padawan S.L., no a causa de la presión social.

Se supone que internet permite invertir las tornas, al dar voz a quienes no podrían haber tomado la palabra de otro modo, cambiar las cosas. Sin embargo, en la práctica, lo que ocurre es que las grandes maquinarias mediáticas mantienen su hegemonía; mermadas, sí, pero con la capacidad de decidir sobre los asuntos realmente trascendentes ante una desidia generalizada.

No me malinterpretéis, no es una visión pesimista. Lo que intento decir es que (todavía) no estamos aprovechando tanto como podríamos una serie de herramientas que nos ofrecen posibilidades excepcionales. La tecnología evoluciona rápidamente, pero las mentalidades no cambian de la noche a la mañana. Cada día que pasa creo más firmemente que todos los esfuerzos deben concentrarse en la educación: fomentar el pensamiento crítico y una cultura de participación y debate debe ser una absoluta prioridad.

De momento, en muchos sentidos, nos valemos de nuevos soportes para cometer viejos errores. Quiero creer que el verdadero alcance del cambio de paradigma tecnológico está por llegar. Disponemos de los medios adecuados; concebir y promover una nueva cultura y una nueva sociedad es, más que un deseo, una obligación.