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viernes, 24 de diciembre de 2010

De la Ley Sinde a la Redada2: qué es proteger la cultura y qué no

El pasado miércoles 22 tuvo lugar la segunda #redada, una convocatoria pública y abierta, inicialmente pensada para defender la neutralidad de la red y rápidamente ampliada como foro en el que abordar temas como Wikileaks, la situación de los medios de comunicación o la celebérrima ley Sinde, uno de los temas más y mejor tratados en el debate por motivos obvios.

Se ha escrito y dicho mucho en relación con este asunto. Algunas cosas muy buenas, otras realmente infames, aunque el denominador común ha sido un tratamiendo (des)informativo que ha abogado por simplificar y polarizar el debate en torno a una dicotomía arbitraria y ficticia: internautas/piratas vs. creadores.

No es mi intención entrar en cuestiones legales, primero por mi falta de formación en la materia y segundo porque otros se han ocupado de hablar con propiedad al respecto. Lo que me preocupa es la insistencia de los grandes medios de comunicación en fomentar la prostitución del término cultura y en reducir la creación artística a la producción industrial audiovisual e impresa.

Existe un problema de base, y es que la palabra cultura designa conceptos muy diferentes. Albano Cruz ha hecho una aproximación a esta idea partiendo de Raymond Williams, aunque hay muchas y diversas perspectivas. En un sentido genérico, todo lo que producimos es cultura, es decir, aquello que cada sociedad genera a nivel material e inmaterial y que, por tanto, la define y estructura. Sin embargo, es obvio que el debate sobre la necesidad de proteger la cultura debería referirse a algo más específico, tal vez a lo que Chiu Longina define como producción cultural significante, y que engloba tanto lo que tradicionalmente se conoce como producción artística como toda aquella actividad intelectual que, cada vez más, produce sentido, interviene de manera crítica la realidad inmediata y genera procesos de "intelección colectiva" del mundo. Es decir, ese gran proceso de reflexión sobre la actividad humana y su producción estética (sigo dando vueltas en círculo alrededor de una frase inapelable de Duchamp: "el arte es un juego entre los hombres de todas las épocas").

Desde esta perspectiva, que representantes de la industria cultural -esto es, industria del entretenimiento- se pronuncien en representación del arte y la cultura es, sencillamente, un insulto a nuestra inteligencia. Y esto no tiene nada que ver con la manida dicotomía entre cultura de masas y cultura de elite; muy al contrario, no puedo concebir nada más restrictivo, privativo y elitista que pretender circunscribir toda la producción cultural a un determinado sector industrial, con capacidad para decidir qué artistas/obras legitima y cuáles no. Si el criterio que dictamina la condición de artista de un individuo o colectivo es su capacidad para participar en un engranaje comercial, estamos perdidos.

A este insidioso punto de partida cabe añadir otro presupuesto erróneo: la industria habla de un atentado contra la creación identificando determinados productos (pseudo)culturales con cultura. Es la música la que es cultura, no un determinado CD o canción que, descontextualizado, no dice absolutamente nada (a veces, ni siquiera contextualizado dice algo bueno...). Son las herramientas y procesos de creación en todos los ámbitos las que nos remiten a la cultura, no su interesada instrumentalización con arreglo al lucro económico. En otras palabras: algo terriblemente perjudicial para un productor cinematográfico puede ser increíblemente beneficioso para el desarrollo del cine como forma artística/cultural.

Me quedo con una elocuente respuesta de Javier de la Cueva a uno de los lectores con los que habló ayer en Público:

Marcos: Hola. Soy productor. Los DVDs de mis pelis estan en todas partes a 6 euros, no vendo uno. En la mula hay siempre 50 bajando la menos popular. Series Yonquis las ofrece con anuncios. ¿Que solucion propones para que pueda seguir produciendo?
 
Javier de la Cueva: Hola, Marcos. ¿Y por qué tienes que seguir produciendo? El desarrollo de la tecnología ha destrozado muchos negocios, entre otros el tuyo, lo que es una desgracia porque se lleva por delante vidas personales. Detrás de las empresas no hay sólo empresarios desalmados que no respetan los derechos humanos sino también empresarios honrados y terceros inocentes. No tener esto en cuenta es algo que se está dando en ambas partes de la contienda. Lamento tu situación.
Ahora bien, lo que no es de recibo es la actividad del Gobierno que no impulsa lo que debiera hacer, que es la reconversión industrial. En lugar de empeñarse en mantener una industria que consume subvenciones, debería establecer unas pautas temporales de modificación de los negocios, identificación de los perjudicados y ayudas públicas para la reconversión. Es más fácil criminalizar a la sociedad y olvidar que los mismos que venden las herramientas para la piratería son los que luego se quejan de ser pirateados (Sony, entre otras).
Cuanto más tarde inicie el Gobierno la reconversión industrial, peor para todos, porque lo que se está haciendo es impedir el desarrollo tecnológico. Google jamás podría haber nacido en este país.

Efectivamente, el seísmo tecnológico de las últimas décadas ha reconfigurado el escenario socioeconómico de una manera radical. Se trata de cambios irreversibles que aniquilarán todas aquellas iniciativas empresariales que no sepan adaptarse a las nuevas reglas del juego. Nada nuevo bajo el sol, nada por lo que alarmarse. Algunos ya se han dado cuenta; pero otros no quieren entenderlo.

Es necesario proteger la cultura, pero eso no tiene absolutamente nada que ver con la actividad desarrollada por las llamadas empresas culturales. Para que nos entendamos: que Alejandro Sanz lance un nuevo disco, que lo venda o lo deje de vender, no tiene ni el más mínimo efecto sobre ese "rico acervo cultural" del que, según Teddy Bautista (cuya aportación a la cultura es de sobra conocida por todos), nos veremos privados en caso de no promulgar leyes como la que nos ocupa, defendida por algunos "creadores" porque "no había otra mejor" (espero que los legisladores no decidan regirse por este criterio a menudo).

En relación con este cúmulo de despropósitos, algunos ya han rebatido las falacias repetidas por los "creadores" con argumentos y con datos, demostrando que ni siquiera su negocio se ha resentido en la medida que afirman.

En cuanto a los que nos preocupamos más por la cultura que por el negocio, ¿qué es lo que debemos defender? ¿en qué dirección debemos trabajar? Es importante reiterar la necesidad de incidir en la transformación de los mecanismos de producción y distribución, abandonando una dependencia caduca de la concreción particular de las Obras, cualesquiera que éstas sean, cada vez más diluidas, cambiantes e inestables en un contexto digital que las desmaterializa; hay que privilegiar los flujos de ideas por encima de su materialización, ahondando en esa transición enfatizada por Brea desde una Cultura ROM, de almacenamiento/archivo, hacia una dinámica Cultura RAM, de reproducción, transformación y distribución en tiempo real del pensamiento y las expresiones estéticas, en permanente cambio.

Lejos de la pompa de las celebrities, lo que es un logro cultural de primera magnitud es que, este pasado miércoles, al llegar a casa, yo y muchos otros hayamos podido ver a un grupo de personas bien documentadas debatiendo públicamente cuestiones sociales de gran trascendencia con argumentaciones y discursos bien construidos. Cuestiones a menudo marginadas o banalizadas en los grandes medios, cuyos programas de análisis político acostumbran a degenerar en tertulias de barra de bar (sin ir más lejos, cuando apagué el ordenador, La noche en 24h se perdía en divagaciones propias de la prensa rosa a propósito la hipotética retirada de Zapatero: "fulanito es muy amigo suyo y dice que se va", "menganito no se lleva con él y dice que se queda"...)

Defender y apoyar la cultura es dotar a la ciudadanía de herramientas para acceder a la información, ampliar el dominio público, favorecer el debate crítico en torno a las instituciones democráticas, ampliar la oferta de contenidos creativos más allá de las fronteras artificiales impuestas por las grandes corporaciones y establecer cauces adecuados para que las buenas ideas, aquellas que generan riqueza material e inmaterial, puedan ser plenamente desarrolladas. Es curioso que Juan Varela haya dicho más en #redada2 que la mayoría de "agentes culturales" que conozco en el último año (ver aquí, atención a partir del minuto 6).

Me parece que no soy el único que cree que los cambios tecnológicos recientes han desembocado en un escenario tremendamente fértil a nivel cultural, repleto de oportunidades para creadores que, de otra forma, nunca habrían disfrutado de la posibilidad de difundir su trabajo. Es por ello que se hace tan necesario seguir remando en la misma dirección, oponiéndose de manera frontal a los intentos de someter la red al control gubernamental y a la instrumentalización mercantil. Crear y defender las condiciones adecuadas para la libre difusión y acceso al conocimiento es suficiente. No hace falta auspiciar ningún modelo industrial para que sigamos produciendo más cultura que nunca antes en la historia; muy al contrario, si no defendemos contra toda lógica un modelo prehistórico, surgirán sistemas adaptados a una realidad más plural y a público más amplio, informado y exigente.

miércoles, 24 de noviembre de 2010

Neutralidad de la red: apología y petición

Se pueden hacer muchas lecturas del dantesco espectáculo que tuvo lugar la semana pasada en el Senado. A grandes rasgos, una moción para garantizar la neutralidad de la red fue rechazada, al tiempo que las opiniones de los ciudadanos en relación con el asunto fueron tildadas de "factores externos que degradan la imagen y el trabajo" de la Cámara.

Muchos han relativizado el incidente aludiendo a la escasa utilidad de una moción de estas características. Pero no se trata de una cuestión pragmática; el verdadero problema radica en el desprecio senatorial y en la genuina ignorancia que todo este proceso ha denotado. 

La falta de formación y la necedad de gran parte de la clase política es tal que ha llegado el momento de que nos avergoncemos. De que nos avergoncemos, sí, nosotros, los que hemos consentido que la mediocridad, la desidia, la falta de escrúpulos y el analfabetismo funcional se perpetúen en el poder.

Y lo peor no es nuestra pasiva complicidad, sino el derrotismo que se percibe en gran parte de las opiniones. Se podría pensar que estamos sentenciados a padecer las mismas miserias hasta el final de los tiempos: "el sistema está podrido", "hay demasiados intereses en juego", "tenemos mucho que perder y poco que ganar"... Escuchando algunos comentarios, nadie imaginaría lo que ha costado alcanzar ciertos derechos; parece que el estado de bienestar nos ha condenado a la indolencia y al olvido.

El debate sobre la neutralidad de la red es ineludible, como lo es el del tratado ACTA. Hay demasiadas cosas en juego, comenzando por el propio Estado de derecho (se dice pronto), lentamente erosionado. Nos quejamos del país que hemos recibido, pero no hacemos nada por cambiarlo. Y no hablo de grandes revoluciones, sino de voluntad, de sentido común, de trabajo. Las formaciones políticas no nos representan, el sistema, tal y como funciona ahora mismo, es una humillante carga; las listas cerradas, una estafa; y el bipartidismo, un cáncer que nos afanamos en alimentar. ¿Cómo se puede sostener, todavía hoy, esta farsa? ¿Cómo es posible que nos sigan vendiendo un enfrentamiento ideológico en donde solo hay espectáculo, en sentido plenamente debordiano? Puestos a que siempre gobiernen los mismos, sería mejor que decretásemos una alternancia periódica, por aquello de ahorrar gastos, retórica y decepciones.

No, definitivamente esta dicotomía no forma parte de nuestro ADN. Me atrevería a decir que cualquier otra vía, sin excepción alguna, resultaría, a día de hoy, más productiva. Esta misma idea la ha expresado Carlos Sánchez Almeida de una manera más clara: "es posible que nuestro voto se pierda, pero nunca será inútil: lo único inútil es votar a los de siempre".

***

Apología y petición.
Jaime Gil de Biedma

¿Y qué decir de nuestra madre España,
este país de todos los demonios
en donde el mal gobierno, la pobreza
no son, sin más, pobreza y mal gobierno,
sino un estado místico del hombre,
la absolución final de nuestra historia?

De todas las historias de la Historia
la más triste sin duda es la de España
porque termina mal. Como si el hombre,
harto ya de luchar con sus demonios,
decidiese encargarles el gobierno
y la administración de su pobreza.

Nuestra famosa inmemorial pobreza
cuyo origen se pierde en las historias
que dicen que no es culpa del gobierno,
sino terrible maldición de España,
triste precio pagado a los demonios
con hambre y con trabajo de sus hombres.

A menudo he pensado en esos hombres,
a menudo he pensado en la pobreza
de este país de todos los demonios.
Y a menudo he pensado en otra historia
distinta y menos simple, en otra España
en donde sí que importa un mal gobierno.

Quiero creer que nuestro mal gobierno
es un vulgar negocio de los hombres
y no una metafísica, que España
puede y debe salir de la pobreza,
que es tiempo aún para cambiar su historia
antes que se la lleven los demonios.

Quiero creer que no hay tales demonios.
Son hombres los que pagan al gobierno,
los empresarios de la falsa historia.
Son ellos quienes han vendido al hombre,
los que le han vertido a la pobreza
y secuestrado la salud de España.

Pido que España expulse a esos demonios.
Que la pobreza suba hasta el gobierno.
Que sea el hombre el dueño de su historia.